martes, 4 de mayo de 2010

El doble de Bin

Estaba leyendo en el ordenador las noticias cuando sonaron unos timbrazos. Abrí la puerta y la sorpresa fue encontrarme nada menos que con Bin Laden. Sí, sí, el mismísimo Bin Laden. El blanco de las iras de estadounidenses y británicos. El gran chulo que desafía al mundo y que encabrona a la CIA con sus imposibles huidas por el Karakorum. Bin entró en mi salón con esa cara de padre cabroncete con que sale en las fotos.
- ¿Me das una birra? – Me soltó ya en la cocina a la que había accedido a la velocidad de un simún.
No le pregunté qué hacía allí, ni por que hablaba español con tan buen acento ni tampoco cómo es que siendo un musulmán tan celoso de su religión, quería beber precisamente en mi agnóstica cocina. Paralizado por la sorpresa sólo atiné a darle la lata, cerrar la nevera y estremecerme ante su risueña expresión de iluminado. O acaso era un gesto de sed porque agarró la cerveza, se la trincó de un trago, la arrugó y la lanzó sin éxito al cubo de la basura.
- Bueno, - dijo después de limpiarse la boca con el largo pañuelo palestino o pastún o lo que fuera. - ¿me conoces o no?
Parecía una pregunta de prueba así que guardé silencio:
- Soy Ramón, hombre. Tu vecino. – Estalló - ¿A que estoy bien? Mira. – se desabrochó dos botones de la guerrera y me mostró un lunar en forma de foca en el hombro. Lo cierto es que recordaba haber visto a Ramón ese lunar una perezosa tarde de baloncesto.
- Coño Ramón, - le espeté - ¿qué quieres que te diga? Es verdad que desde que te dejaste barba siempre te has parecido a Bin Laden pero lo del uniforme... ¿de qué va la cosa?
- ¡Gilipollas!, - aulló. Efectivamente arrastraba las eses de ese modo tan característico en que también lo hace mi vecino. – ¿Crees que voy a ir por que sí con esta pinta por la calle a riesgo de que El Mossad me detecte y me pegue un tiro? Me he convertido en uno de los muchos dobles que Bin Laden tiene por el mundo.
- ¿Y por qué lo haces? – inquirí.
- ¡Coño por que hay crisis! ¿Tú sabes lo que pagan? A ver si te crees que es por amor al arte. ¡No te jode!. – La última palabra, a pesar de pronunciarla precedida de una suave jota árabe, la expulsó junto a una salivácea lluvia de espuma. Sus ojos fulgían como si diera órdenes a un batallón de ángeles.
- Ya que no dices nada, – Continuó más calmado, o acaso ligeramente anestesiado por la falta de costumbre del alcohol. – voy a pedirte un favor. Tengo que quedarme en tu casa. Serán dos o tres horas. Mi mujer se ha marchado y me he dado cuenta de que me ha dejado sin llaves ¡Esa guarra!
Sí se dio cuenta entonces de que la tele estaba encendida (sin que por cierto mis hijos le hicieran el menor caso) y se sentó en el suelo al estilo beduino. En la información internacional hablaban de la guerra y echaban imágenes de un desierto indeterminado que se suponía Afganistán pero que tanto podía haber sido Marrakesh, Australia o Los monegros. Una gota de sudor atravesó mi espalda como un camello helado. Con ese genio que se gastaba Ramón no me atreví a decirle que no sabía que se hubiese casado. En la tele Bin Laden sonreía suavemente, como un vendedor de bibilias a domicilio.

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